Con 16 años, Luis empezó de prácticas en el despacho del padre de Guillem — una firma con más de 50 años de historia. Lo que arrancó como prácticas se convirtió en 27 años de carrera al frente del departamento laboral. Guillem llegó en 2000 como el último mono.
Desde entonces llevamos más de 25 años trabajando juntos. En 2018 decidimos empezar de cero.
Tax Factory no nació como un gran proyecto estratégico — nació de una necesidad real. Luis venía de la asesoría tradicional, del mundo del papel y del trato de toda la vida. Guillem había montado Acompany, una gestoría online que acabó vendiéndose a un grupo finlandés. Traía una visión completamente digital: sin papel, procesos por web, relación ágil con el cliente. Juntamos dos mundos que parecían incompatibles.
Veíamos un sector cuadriculado, encorsetado, donde faltaba humanidad, cercanía y hasta sentido del humor — sin perder nunca la profesionalidad. No es que lo anterior funcionara mal: venimos de un despacho con medio siglo de trayectoria. Pero queríamos algo con nuestra propia personalidad.
Desde el principio quisimos un equipo comprometido y con una forma distinta de entender esto. Empezamos en una oficina pequeña en Terrassa. Hoy tenemos oficinas en Terrassa y Valencia, somos nueve personas, y nadie se ha ido ni ha sido despedido.
Luis está al cien por cien en el despacho. Tiene una facilidad enorme para conectar con la gente y un sentido del humor que desarma — es de esas personas que crean buen ambiente sin proponérselo. Guillem compagina Tax Factory con inversiones en startups y la gestión de la empresa familiar. Es más seco, más directo, más de estructura. Esa combinación, aunque parezca rara, funciona.
No siempre le damos la razón al cliente — a veces nuestro trabajo es decirte lo que necesitas oír, no lo que quieres oír. Pero siempre lo hacemos de frente.